El amor no se encuentra disponible, inténtelo de nuevo más tarde

26 Mar

He estado pensando en un Theodore cualquiera. No, no he estado pensando en un Theodore cualquiera, me encuentro todos los días con cualquier Theodore por la calle. Es insoportable. Para mí lo es. Hablo del protagonista de ‘Her‘, la película futurista de Spike Jonze o, lo que es lo mismo, la película “del ya” de Spike Jonze.

Entiéndase que a quien considero insoportable no es a Joaquin Phoenix, actor convertido en Theodore, no, más bien lo que “insoportabilizo” es la “robotización” extremista de los sentimientos humanos. Es algo que vino un día sin que nos diésemos cuenta y, como ya advertía la canción de Tam Tam Go, se terminó convirtiendo en “okupa de nuestro corazón”. Lo que pasa es que los corazones, a su vez, se transformaron en iconos y los latidos en vibraciones y esto alcanzó dimensiones de altos vuelos, (sí “en modo avión”). Pero no es tan complejo como parece, creo incluso que podría ser explicado con una línea del tiempo de forma sencilla (bueno, si la explicación se espera de quien escribe no nos tomaremos el “sencilla” demasiado a pecho):

La “robotización” de los sentimientos humanos es quizá el proyecto más interesante del hombre (y la mujer) que se haya producido jamás. Interesante por involuntario, rápido y asimilado. Las personas han visto cómo se transformaba su manera de estar y relacionarse poco a poco y de puntillas. El “big-bang” se correspondería con la imagen del individuo que pierde la vergüenza inicial de mantener una conversación privada en la calle a través de su teléfono móvil. ¿A partir de ahí? una historia a la que se le va sumando la dependencia y un nuevo lenguaje que le permite relacionarse con una fina y elegante capa de autoprotección. Es el lenguaje de la comodidad el que salvaguarda de todo aquello que el ser humano teme y niega: el contacto con otro ser humano puede resultar un peligro (y en peligro abro una gran caja llena de: miedo al rechazo, a la equivocación, incomodidad, pereza…). Así, los sentimientos se desvisten de todo misterio y parecen estar programados, parecen poder ser controlados, se enfrían.

Dicho esto y dándome la bienvenida a mí misma a vuestra “lista de personas con interrogantes”, continúo con, precisamente, una pregunta: ¿nos podemos enamorar de una voz programada para enamorarnos que nunca tocaremos porque es una voz destinada a no tener más cuerpo que un no tan simple altavoz?.

Las historias propias

Desde que el ser humano pasó a ponerse a sí mismo en el centro del Universo ocurrieron muchas cosas y, la mayoría de ellas, tienen que ver con su progresivo desinterés por el Universo (algo por inalcanzable o complicado, apartado).

El Universo del Theodore de Her (párrafos atrás abandonado cual derechos en España) gira entre historias creadas por él mismo para ser realidad inventada y agradable en los demás. Si tengo que ser sincera (¿alguien se opone?) una de las cosas que más me gustan de esta película es la profesión de Theodore, tan reveladora, tan a cuento, tan resumen del largo…

Para quien no la haya visto aún y esté por aquí ejerciendo como “voyeur” interesado, el trabajo de Theodore consiste en escribir las cartas que la gente quisiera escribir para sus destinatarios pero que ha perdido la capacidad o, mejor dicho, la voluntad de hacerlo. No me parece para nada un “boom” profesional imposible, es más, estoy deseando que estalle y un tanto ilusionada porque así sea (no me digáis que no sería un trabajo precioso para aquellas y aquellos a los que nos gusta esto de escribir…). Pero encauzando un poco el tema (un poco) me resulta un gran acierto que Theodore se dedique precisamente a eso por unos cuantos motivos: el protagonista escribe cartas (¡cartas!, ni emails, ni tuits, ni… ¡cartas!). Las cartas tienen, creo que para todos, un significado de pérdida, de pasado. Bien es cierto que son cartas escritas en un ordenador pero siempre imitando la caligrafía de cada persona, sacadas de lo digital para depositarse en un sobre. Palabras para pedir perdón, palabras para decir te quiero… palabras, en definitiva íntimas que son encargadas a un desconocido. Muchas, durante años. ¿Cómo o por qué esas personas han llegado al punto de no ser capaces de escribir sus sentimientos?. Preguntarse por qué tendrían que escribirlos ya sería rizar el rizo (al margen de la distancia que pudiese existir entre emisor y receptor, en muchas de las cartas que Theodore escribía no la había). Todo esto traído a un terreno “existencialista” ejercería como tema sobre el que giraría (para mí) la trama. Un tema dividido en pequeñas piezas que al juntarse nos querrían decir lo mismo: “Sabes, a veces siento que ya he sentido todo lo que voy a sentir jamás. Y de aquí en adelante nunca voy a sentir algo nuevo. Sólo versiones más pequeñas de lo que ya he sentido”.

Lo digital programado en analógico

Theodore se enamora de una aplicación móvil y una aplicación móvil parece enamorarse también de él. Es una mujer creada para hacer a la vez de compañía y agenda. Vaya. Una voz que está ahí siempre que Theodore quiere y, cuando no, como todo dispositivo electrónico, se apaga. La aplicación es tan compleja y avanzada que, incluso la voz que la representa, se va conociendo a sí misma y hasta dónde puede llegar con la ayuda y el uso del usuario. Pero hay algo que comienza a generar problemas: la voz quiere ser humana, quiere tener cuerpo, quiere sentir. Pasado un tiempo, ve sus posibilidades, sus ventajas, sus oportunidades y también su independencia.

Por último, dejo aquí un “flashback” y escribo de nuevo “¿nos podemos enamorar de una voz programada para enamorarnos que nunca tocaremos porque es una voz destinada a no tener más cuerpo que un no tan simple altavoz?”. Y contesto: sí, podemos, pero quizá nuestra dependencia de lo tecnológico, no sea correspondida y debamos redefinir algunos conceptos (empezando por nosotros mismos frente a la ventana, levantando la cabeza hacia el cielo).

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