Las noches blancas son para escribir, si puedes

19 Ago

Es de día y son vacaciones. Hace muchos renglones, de los digitales, que no escribo. Una debe pedir perdón siempre por no escribir. Perdón a sí misma, por supuesto. Un lo siento reflexivo. Pero, a pesar de las disculpas, las noches siguen siendo blancas. Sobre todo para los seres insomnes, como yo.

La poesía de Roger Wolfe tiene algo también de insomne o de resorte nocturno, de pellizco, de vuelta y edredón… como la vida, porque “La vida a veces/es como despertarse/en medio de la noche/aturdido y confuso,/absolutamente anonadado,/forzando ojos alelados/para ver las agujas del reloj:/no acabas de darte cuenta/de si son las seis y cuarto/o van a dar las nueve y media./La cita, en todo caso,/es la misma para todos./De modo que ya sabes: despacito,/que esto va que se las pela”. Y porque hace vértigo y todo va muy rápido tengo aquí a mi lado sus “Noches de blanco papel”. El libro es una antología que se agradece como si fuese un regalo de cumpleaños, uno de esos que sólo pueden provenir de gentuza que sabe quién demonios eres, gentuza google que conoce muy bien las opciones y tiene suerte, porque acierta. Aquí está su poesía “completa” e intervenida con posterioridad desde 1986 hasta el 2001 para leer y releer. Porque si un libro de poesía nunca se termina (a no ser que tenga el don de dar alergia), a una buena antología siempre se tiene que volver.

En “Noches de blanco papel” se pueden leer perfectamente los pasos dados por Wolfe a lo largo y ancho de su estrofa vital poética. Para mí una de las características fundamentales de un buen escritor es algo tan básico (y a la vez tan complicado de alcanzar) que es el estilo. El estilo como marca personal reconocible entre miles de versos metidos en cajas con cientos de formas diferentes. Y Wolfe lo tiene muy marcado. Ha dejado la ceniza del cigarrillo en toda la página y ahí está, como en una camiseta nueva, desafiante y burlona. Otra de las características que me pueden llegar a conquistar de un autor es la forma en que se une el tema a la materia. Sí, lo más artesano de la poesía tiene mucho que ver con el buen uso de la inteligencia. Y la inteligencia tiene poca unión, en este caso, con coeficientes y números varios. Roger Wolfe consigue darle peso a las palabras usadas, viciadas, extasiadas. Habla desde el humo. Wolfe nos lanza el humo a la cara y, de repente, sin saber muy bien por qué, hace que nos planteemos si ese humo es mejor o peor que el viento que nos trae el polvo a los ojos nada más salir del portal. Mientras nosotros subimos corriendo a casa para echarnos gotas, Wolfe escribe algo de lo más extraño “Estábamos en la cocina./Preparando la comida./Se asomó por la ventana y dijo:/”Acabo de ver follar a dos palomas”.

Tras el aparente desenfado de andar por la cocina, Roger Wolfe sirve a modo de picoteo nihilismo, filosofía, ironía, realidad y eruptos. La digestión, seguro, ofenderá a unos cuantos y las alarmas que molestan son las mejores voces para despertar (aunque no consigamos dormir y todo gire, sí, aunque todo gire).

COMPROMISO

-¿Eres político, Lou?

-¿Político? ¿Con respecto a qué? Dame un tema, te daré un pañuelo, y me limpias el culo con él.

Lou Reed, Take No Prisioners

Hay escritores

que se empeñan

en que los libros

siempre están

en otra parte.

Somalia

Nicaragua

Sarajevo

Mongolia

Pernambuco,

qué más da.

Y si te paras

a pensarlo

tiene gracia

porque al final

aciertan

sin saberlo:

cualquier maldita parte,

en efecto,

menos donde ellos

estén.

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