El día que conocí a Kinra Piz [I]

8 Mar

El día que conocí a Kinra Piz negué que me gustase no tocar los márgenes. Una se da cuenta, años después, que aquel sería un momento importante. Los momentos importantes están hechos para miopes. Claro que, aquel día, su nombre me pareció infinitamente más lejano y borroso de lo que me lo parece ahora.

Las formas de nombrar a Kinra Piz se multiplican cuando pienso qué es ella realmente. Esa es su magia: desconcertarme. Pero no saberlo me salva. Su definición me es lejana tal vez porque no la necesito. No necesito conocer, realmente, si le gusta el blanco, si tiene frío, si tiembla o ha perdido la risa.

Podría tener un cuchillo entre las manos y que fuesen sus palabras las que afilasen mi miedo. A veces sujeta un cuchillo entre las manos. Oigo caer ese sonido contra el suelo y me parece que tiene razón.

Normalmente estoy de acuerdo con Kinra Piz pero no hablo. Y a ella le gusta. Como le gustaba vestir de negro y ser una estúpida adolescente extraña. Dibujarse las uñas. Tocarle el pelo. Las historias góticas de japonesas góticas que viajan a Niza para crecer (…)

 

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  1. El día que conocí a Kinra Piz [II] | La Crítica Cítrica - mayo 27, 2016

    […] Las historias góticas de japonesas góticas que viajan a Niza para crecer. Porque Kinra Piz nació viajando y su nombre es hoy una ciudad repleta de lenguas, de piel y de […]

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