Llama ahora a Mario. Que venga.

10 Oct

Mi pretensión no significa que cojas el teléfono. Es más, pareces un mono con guantes intentando alcanzar la única hoja de la rama. El bosque tiene un filtro de 1984. Parece noviembre. Llevabas un gorro de lana que te tapaba los ojos que no te impedía golpear la pantalla con tu maldito dedo índice.Vas a quedarte sin identidad y sin huellas. Vas a perder el número y el nombre. Quizá también perderás el interés. A mí me ha pasado. Cerrará el ultramarinos al que ibas cuando necesites la especia esa que solo encontrabas allí. No queda ni gota de leche en casa. Llama ahora a Mario. Que venga.

-¿Fue muy duro nacer a finales de los años ochenta?

-Lo duro es sobrevivir. Quizá su hubiera nacido en 1975 hubiera…

-¿Qué?

-No soy el tipo de metro sesenta y cuatro que me gustaría.

-¿Qué ha pasado? ¿Por qué dices eso, Mario? ¡Tú has bebido!

-No lo sé. ¿Tienes un vaso de agua? Tengo sed.

Para Mario nunca había más de cinco horas iguales. Sabía que, en realidad, él no era el protagonista de la novela. Alguien había escrito mal el título en su libro de nacimiento y no disponía, a su padecer, de una simple hoja de reclamaciones. Imagínatelo: en realidad tu equipo de fútbol no ganó la liga; alguien dejó el VHS encajado en tu salón. El partido más importante de tu infancia reproducido en bucle. Estás a punto de convertirse en cojín. Reclama ahora pero vuelve desde luego mañana. Tu vida no es el best seller  que todo el mundo desea adoptar. De hecho, la portada no pega con las cortinas. Nadie compraría “eso”, ni para su mejor amigo.

-¿Y qué hiciste cuando se enteraron?

-Escuché una canción.

-¿Una canción? ¿Qué podría hacer por ti una canción? Era una situación terrible, no sé, ibas a… ya sabes. Mario, estás loco. Tremendamente loco. ¡Una canción, dice! ¡Una canción!

-Una ventana blanca de madera. Una ventana blanca de madera medio abierta. Entonces, una brisa. Pero no una brisa de verano. Una brisa de las de un miércoles de noviembre a las 20:45 me desmaquillaba la cara. Ese rojo natural que aparece en las mejillas después de cuatro horas de debate intenso con el teclado. Qué sensación. La calle en blanco y negro. Bueno, quizá un blanco y negro de tonos azulados. Caminaba él con un periódico bajo el brazo, mirada cabizbaja y un sombrero. No podía ser más elegante. Detrás, detrás más gente. Pero esa gente actúa a cámara rápida, ¿sabes? Si mis ojos eran una cámara, yo la movía lentamente hasta trazar una línea oblicua con sus alas. El humo de los coches entrando por las suelas de sus zapatos. Era precioso. ¿Cómo no iba a sonar de repente Une bonne pare de claques?

 Cuando venía Mario a casa había un apagón. Mis pretensiones eran la cera deshaciéndose. El momento en el que descubres que el olor a ultramarinos se fue cuando te pusiste una chaqueta.

 *Fotografía destacada de Paulo Nozolino.

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